|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
![]()
Salvador Díaz Sánchez
Desde hace dos semanas, chingao, ando sonriendo como idiota. Y no es por ninguna pendejada de autoayuda ni por los pinches influencers de gimnasio. Es porque volví a subirme a mi burra, a mi bícla querida, esa polvorienta bicicleta que guardé en el 2015, cuando las ingles me tronaron como ligas podridas y la cadera, el fémur y el coxis se me dieron en la madre unos a otros, como en pleito de futbol llanero.
Ahí me tienen, yendo de doctor en doctor, dejándome clavar agujas de células madre que sirvieron para dos cosas: para gastar dinero y para que el dolor me recordara cada mañana que uno no puede confiar en los milagros modernos. Hasta que un buen día, me abrieron la cadera y me pusieron fierros nuevos, como a coche viejo. Y sí, regresé a caminar —derechito, eso sí—, pero las piernas, ¡ay las piernas! Mis poderosamente bellas piernas de futbolista se fueron a la chingada, sobre todo la izquierda, que quedó como pata de pollo rostizado.
Y luego vino el trauma: «Olvídese de la bici por un buen rato», me dijo muy cabronamente el doitor, como quien receta la muerte lenta.
Así estuve, rumiando la tristeza, tragándome los congestionamientos de tránsito hasta el culo, envejeciendo a puro volante y café barato.
Hasta que hace quince días me acordé de que tenía piernas, me sacudí la tristeza, el óxido y a doña prudencia. Bajé la “bírula” del rincón donde dormitaba junto al olvido y ya hasta la r. p. madre de todo, la sacudí como se sacude una mala mujer (la plantita espinosa desde luego, no la otra), le inflé las tripas y me trepé otra vez, tembloroso como adolescente en su primera peda.
Las primeras pedaleadas fueron para dar risa: parecía que me había echado una botella de mezcal antes de subirme. Y cuando estuve arriba me sentía como tortuga veloz, no avanzaba ni madres. Aproveché el dicho que dicen que dice “el cuerpo tiene memoria” y pian pianito mis articulaciones todas comenzaron a entrar en circulación.
Pero miren nomás ahora:
Voy a Chapingo en bici, voy al mercado en bici, voy a Pentecostés, Tulantongo, Chiautla, Papalotla… Chiconcuac en bírula.
¡Pinche Texcoco me lo estoy paseando en dos ruedas como Dios no quiso, pero yo sí!
Media hora, una hora, hora y media pedaleando sin miedo, sintiendo cómo el aire me limpia el alma como trapeador en cantina. Ya pronto adquiriré poderío y velocidad. ¡Me siento más dueño del mundo que cualquier cabrón en su cochecito de aire acondicionado! Porque uno no rejuvenece volviendo al gimnasio, ni empastillándose de promesas farmacéuticas: uno rejuvenece volviendo a lo que un día lo hizo libre.
¡Qué pinche maravilla! ¡Qué sabroso es volver a ser uno mismo, aunque sea para llegar sudado, polvoso y sonriente como burro en primavera!
Así que ahora ando feliz, joven, chingón, con las piernas que otra vez me obedecen y el corazón que late como tambor de rancho. Con la diabólica que anda mansita, porque, chingados, no hay cirugía, prótesis, ni pastilla, ni coche último modelo que te devuelva lo que un par de ruedas y un poco de tenacidad pueden hacer.
Así de sencillo.
Así de cabrón.

(Imagen de IA: Salvador Díaz, echando lumbre por calles de algún lugar de Texcoco en su bicla resucitada).
Facebook: @Salvador Díaz Sánchez
Profesor, Cineasta y Creador digital & Figura pública en Creador de Contenidos





